Morenita y pequeñita...
... lo mismo que una aceituna. Así definen los miles de iliturgitanos que desde el pasado jueves y hasta el domingo disfrutaron de la romería de la Virgen de la Cabeza a su patrona. Entre risas, bailes y, cómo no, manzanilla, los vecinos de Andújar y de muchos otros lugares disfrutaron de la que es la romería más antigua de España.
En la localidad de Andújar los vecinos están de fiesta prácticamente toda la semana previa a la procesión de la Virgen, aunque, oficialmente, festivos son sólo los días comprendidos entre el jueves y el lunes siguiente y, por tanto, cuando tiene lugar el grueso de las actividades.
El primer día, el jueves, el pueblo se engalana para hacer una ofrenda floral a la Virgen. Miles de flamencas y "curros" se pasean por Andújar desde horas tempranas de la noche y, muchos, hasta horas tempranas de la mañana siguiente. A la ofrenda sigue la concentración de todos en plazas para bailar, charlar, beber... en definitiva, para pasarlo bien en compañía de los amigos. Tras una larga noche, sigue un largo día.
Antes de subir al campo
Es costumbre que muchas de las carretas se reúnan el viernes desde el mediodía en un parque de la localidad para comenzar a "calentar" antes de salir a la mañana siguiente temprano hacia el Cerro Cabezo, donde se encuentra el santuario de la Morenita. En torno a las carretas, romeros, curiosos y juerguistas de la noche anterior que aún no han dormido o, si lo han hecho, ha sido poco. Como broche de oro a un día de comer y seguir bebiendo, son muchos los que esa misma noche suben al campo, a esos campamentos que ya llevan una semana montados, y lo hacen con los dedos cruzados -¡dios, que esté allí mi tienda de campaña!-. Y si hay suerte y está, a terminar de montar el campamento, aunque las tres de la madrugada no sea la hora más indicada para inflar el colchón...
Llegó la hora
Pero el día grande para la mayoría de los iliturgitanos es, sin duda, el domingo, día en el que la Virgen de la Cabeza sale de su santuario y procesiona por las calles del pequeño poblado construido a sus pies. Muchos han dormido agarrados a las andas de plata sobre las que procesionará la Virgen, muchos han pasado la noche en vela en el santuario contemplando la imagen y muchos más, venidos de muchos lugares del país, la esperan a todo lo largo de la calzada que baja hasta la plaza; quieren ver a la Morenita.
La multitud se agolpa. Todos quieren tocar a la Virgen y, quienes no pueden, arrojan ropas o cualquier otro objeto a quienes acompañan a Virgen sobre las andas, que se lo rozan en el manto y lo devuelven. Para quien lo recoge, es como si su jersey fuese ahora algo más especial. Pero todo no queda ahí. Hay quien quiere, por ejemplo, que su hijo goce de una gran salud para el resto de su vida y no duda en auparlo para que éste pueda tocar a la Virgen. El niño, por su parte, la mayoría de las veces no sabe qué es lo que hacen con él, y llora, llora de verdad, con lágrimas, no como en esas otras ocasiones que sólo quieren llamar la atención. Este es el gran final de la romería más antigua de España. Después de todo, quienes fueron allí movidos por la fe, se retiran, y quienes fuimos allí movidos por las ganas de pasar un buen rato, también. Hasta el año que viene y ¡viva la Morenita!
